Panteonero

Eran pasillos solitarios, hileras de bóvedas unas con rejas otras no.
La desorganización de los cuerpos colmaba los escasos espacios del lúgubre sitio municipal, pisaba escaleras, callejones, tumbas, cruces, cerámica, cemento, el nombre de alguien.

El clima propio de febrero en el Ecuador arropaba la superficie con lodo y
espesas capas de monte. El moho en las tumbas era aún más permisible, le llamaba a la visión para plasmar en su mente vagos bosquejos de espectros, los mismos que disfrutaba y evitaba.

Santo lugar de descanso, desde otras perspectivas félido lugar de espanto. Escenas salpicadas de cuando en cuando por familiares de indumentaria blanco o negra que charlaban cual plaza acerca de la última novedad en la vecindad.

-Buen día, él decía
-Buenos días, contestaban. Apenas se captaba su indiferencia.


El sol daba fuerte por eso se cubría entera la cabeza con su camiseta caqui, le seguía su camisa verde gris, jeans y botas Gamo´s. No era deudo ni albañil, era el autoproclamado panteonero del Cementerio de Durán. Un curioso un merodeador, buscando conexiones entre los nombres y conspiraciones entre las fechas. Imaginando el deceso de esos cuerpos en base a una fotografía o el cariño de sus seres amados a partir de la estética de la lápida.

Sus tareas olvidaba, solo imaginaba, caminaba y andaba, canciones tarareaba, anotaba y fotografiaba, iluso observaba que hasta la mitad de la tarde el sueño lo alcanzaba. Probó dormir bajo la sombra de un sauce pero los insectos lo alejaron de inmediato. Se levantó, se fue camino en busca de un digno catre y fue a dar a los pies del mausoleo más elegante y bien cuidado. Allí estaba un espacio vacio, libre, limpio y fresco.

-Aquí no ha estado ningún muerto, pensó.

Lento y receloso entró en el y reposó.

-Qué cómodo está, programó su alarma en 20 minutos y sus ojos cerró. La alarma sonó y sonó, él no la escuchó, su cuerpo descansaba su alma caminaba y andaba.

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