Moshear es vivir

MOSHEAR!!!
El rock es despertar, es libertad, es rebeldía, es agresividad. Los más pesados riffs pueden crear tal armonía en el rock-escucha dejando en claro que nos gusta lo que nos identifica.
No hallo diferencias entre mosh y pogo, quizás el primero circula en los grupos metaleros y el segundo, de manera más general, ha sido aplicado por las nuevas generaciones para diversos géneros y subgéneros.
¿Quién lleno de ira no ha querido romper lo que esté a su alrededor, golpear al primero que se le dirija, gritar al más alto decibelio que su fisionomía le permita?
Todos, pero existen limitaciones. Tenemos el libre albedrío, hay que controlarlo. Es energía, acumulada. Energía que desea salir de manera apropiada, sin alterar el estado físico o anímico de tus semejantes.
El mosh te lo permite. Basta con estar en un concierto rodeado de la gente con la que te identificas musicalmente y tienes COMPLETA LIBERTAD DE GOLPEAR, PATEAR, SACUDIR, EMPUJAR Y GRITAR. Sin distinción de raza, géneros ni posición económica. Cientos de almas vibrando y danzando al unísono de potentes y acelerados sonidos. Bajos profundos, que te hagan vibrar el pecho. Percusiones rápidas y marcadas que licúen cada fracción de tu cerebro. Guitarras ruidosas, cual dragón mitológico, parece que lanzan llamas.
Corres, te proteges, empujas y avientas manotazos. Los músicos son la máquina y nosotros el motor que rota formando un caldero en la cancha. Aquí no hay tiempo para retracciones, contén el aliento y avanza.


Veo su caras agitadas y respiro el abstracto monstruo formado de polvo y humo. Debo continuar, aletear con puño cerrado y coincidir con mi piernas. Bien parado, atento de cualquier puñete perdido. La gente agotada, no pretende dar oportunidad al cansancio. Intensifican cada vez más el ruido de sus gargantas y en el ambiente proliferan roncas voces.
La banda sabe lo que provoca. Los músicos deben sentirse como dioses en el Olimpo observando a su fieles vasallos. Por eso dan tiempo fuera, disminuyen las revoluciones con la ayuda de un interludio apaciguador. El público respira y se ubica en el lugar. Sienten el frío viento rozando su nuca, fiel evidencia de que siguen vivos y que hay aún más por dar. Regresa el furor, con un riff a 4/4 en 200bpm o un ska sabrosón y removido. Lo que sea, claro, dentro de lo que consideramos digno de moshear.
¿Suena atroz verdad? Decenas de personas sudadas, sucias, flacas, gordas, pequeñas, altas saltando y empujando arbitrariamente. Es normal que un tropezón o descuido termine en la caída de un compañero. Les digo algo: siempre habrá alguien dispuesto a darte la mano y levantarte del tumulto. Vamos chuuucha. Este es un hábito para satisfacción propia y comunal, no para agredir a nadie con mala intención ni dejar a un hermano caído en el suelo.
No hay sensación que iguale el sentimiento que se hace presente cuando el concierto acaba. Se miran al rostro los unos a los otros y ríen. Algunos se abrazan en gesto de fraternidad. La lucha ha culminado nos vemos en otra brother.
El ser humano por naturaleza es salvaje y libidinoso. Los rockeros mosheamos para sacar esta furia guardada y los reguetoneros perrean. Nosotros simulamos una pelea comunal, ellos sexo. Ambas son formas de liberar energía, pero mejor ese líbido lo libero con mi chica formando la bestia metafórica de dos espaldas de Shakespeare.
Este es nuestro ritual, una forma de vivir un concierto y de hacerlo inolvidable. No coma cuento, aquí no nos auto mutilamos con hachas ni caemos en lo criminal. Somos jóvenes que moshean, mucho mejor que estar en casa echados porque como dicen Los Corrientes: La revolución no llegará desde tu televisor.

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